10.03.2011

Avergonzado de ser profesor (article publicat al Diari de Tarragona l'1-10-11)



Ser profesor en este país da vergüenza. Es un timo para aquellos que hacen bien su trabajo, un timo a las familias y un timo a los futuros ciudadanos. Para ser profesor en este país, uno estudia lo que le da la gana en la universidad y después tiene que estudiar un postgrado que le capacite como docente (antes le llamaban CAP): pues es un timo, le llamen como le llamen. Los docentes del CAP no saben nada sobre la enseñanza en secundaria y, si saben algo, lo guardan celosamente. Nadie, después de hacer el CAP, sale más capacitado que antes de hacerlo. Nadie. Pueden preguntar a los que lo pasan. Nadie.

Después de aprobar una carrera universitaria y de estudiar un postgrado inútil, tienen que apuntarse a unas listas de sustituciones y, en función de unos parámetros casi mágicos que controla un “programa informático”, con la ayudita de la varita mágica de algún funcionario con ganas de jugar al “dónde está la bolita”, te vas a un instituto que no conoces de nada, donde no conoces a nadie y, al cabo de media horita, te meten en una clase que no has podido preparar, de la que no sabes nada y donde no conoces tampoco a nadie. A veces no sabes ni la materia que vas a impartir.

Pero no hay que preocuparse, que no cunda el pánico, da igual como hagas tu trabajo. A nadie le importa lo más mínimo. Nadie. Repito, nadie, va a entrar en tu clase para decirte si lo haces bien o mal. A nadie le importa si la dirección está satisfecha con tu trabajo, si los alumnos aprenden y muestran interés por la materia, si los padres se sienten apoyados. Da igual. Cuando acabas la sustitución vuelves a ser un numerito y así te pasas el curso. Pero no todo el curso, porque cuando se acercan las vacaciones de navidad, o las de semana santa, o las magníficas vacaciones de verano, el funcionario o funcionaria a quien sustituyes de repente se recuperará y volverá a estar al cien por cien para dar cuatro clases e irse a esquiar a Baqueira o de safari a Tanzania.

Si un año, por casualidad, has conseguido trabajar los seis últimos meses de curso, puedes cobrar el mes de julio, pero a cambio debes presentarte a oposiciones. Allí te tratarán como a un desgraciado que osa aspirar al Olimpo de los dioses. Te preguntarán sobre un temario absurdo y deberás volver a explicar lo ya te explicaron en bachillerato y en la universidad. Deberás presentar una programación didáctica y defenderla ante el tribunal. Y si tienes suerte, puede que te aprueben, e incluso que te pongan un notable. Pero eso tampoco sirve de nada. De nada. Resulta que lo más valioso, una vez superada la prueba, es el tiempo que llevas trabajado; no la calidad de tu trabajo, sino el tiempo cotizado en la seguridad social. Pero tampoco vale el tiempo trabajado en empresas privadas o como autónomo. No. Sólo el tiempo que has estado ocupando un espacio con tu trasero en una silla de un instituto público.

Si por casualidad apruebas, ya está. Lo has conseguido. Ya puedes seguir yendo a trabajar o a no trabajar. A nadie le va a importar lo más mínimo. Sólo tienes que cumplir unos requisitos facilísimos: si no vas a trabajar pide la baja (y acuérdate de volverte a dar de alta cuando se acerque la navidad, la pascua y el verano), no toques a ningún alumno (aunque esté a punto de inmolarse), intenta que ningún padre o madre te denuncie. Con esto es suficiente. Y si no apruebas las oposiciones, no te deprimas. Seguirá sin importarle a nadie como hagas tu trabajo, pero deberás estar pendiente, todos los lunes, miércoles y viernes del numerito que el “programa informático” decida que tiene trabajo. Eso sí, no podrás quejarte ni hacer ninguna consulta. Porque nadie, nadie, contestará a tus preguntas en las direcciones de correo que se supone que están a disposición del personal docente. Tampoco nadie te atenderá al teléfono y, si gozas de tiempo libre y de muy poca dignidad, y te desplazas hasta el Departamento de Personal, de 12 a 14 horas, sólo de 12 a 14 horas, podrás hacer un poquito de cola y entrar en un despacho con un montón de señores y señoras sorprendidos de tu osadía que te responderán que tus problemas son fruto del sistema informático, o de los de arriba, o de que tu te olvidaste marcar una crucecita en la opción correspondiente, esa semana de febrero que salió en el DOGC que los profesores sustitutos de secundaria podían activar la opción de no se sabe qué. Lo dicho, una vergüenza.

Jordi Barberà Argilaga
Diseñador gráfico y editor








9.18.2011

Bla bla bla (Diari Tarragona, 16 de setembre)


Otra vez. La pesadísima cantinela del castellano en Cataluña y los derechos de las familias a que sus hijos estudien en la lengua que les dé la gana. La cancioncilla de las multas lingüísticas y de la persecución de los castellanohablantes. Y bla bla bla.

Son las siete menos cuarto de la mañana y saco a pasear a los perros. Me encuentro a dos vecinos, los dos hablan castellano. Con uno sigo hablando catalán y él sigue haciéndolo en castellano; y con el otro (que ya tiene más de setenta años) hablo siempre en castellano. Me preparo el desayuno y sólo un tarro de mermelada, que finalmente no utilizo, está etiquetado en catalán (es una marca blanca del supermercado Esclat). El resto: el café, galletas, tostadas, cereales, yogur, todo en castellano.

Son las siete y media, preparo los biberones de mis dos hijos: todo en castellano (el agua, la leche, los cereales). Sintonizo distintos canales de televisión: sólo tres emiten en catalán. Termino, apago y salgo de casa. Mientras espero la llegada del autobús, tomo un café: la camarera habla castellano, el nombre del bar está en castellano, todos los carteles, pizarras, cartas, menús e indicadores del bar están en castellano (al lado de la cafetera hay dos carteles en catalán que reservan el derecho de admisión, no permiten vender bebidas alcohólicas a menores y recuerdan que existen hojas de reclamaciones). La televisión sintonizada en el bar también emite en castellano, los periódicos que compran también están escritos en castellano. Subo al autobús: el conductor habla castellano. Entro en un quiosco y prácticamente todos los periódicos y revistas y libros están en castellano. La dependienta, en buen castellano, me da los buenos días y me advierte que la versión de La Vanguardia que estoy a punto de comprar está en catalán: le digo que ya lo sé, que la prefiero en catalán y le agradezco la preocupación.

Hoy tengo que hacer unas cuantas gestiones laborales: en el Servei d'Ocupació de la Generalitat (antes Oficina de Treball de la Generalitat, y antes Instituto Nacional de Empleo; demasiados collares para tan poco perro) me atienden en castellano y me dan los impresos en bilingüe; en la Seguridad Social me atienden en catalán pero los impresos que necesito no están disponibles en catalán: se han agotado (aunque parece mentira, ya que nadie, absolutamente nadie entre la gente que conversa mientras espera su turno, lo hace en catalán). Terminadas las gestiones, llevo a uno de mis hijos a vacunar y la pediatra habla castellano. Compro paracetamol y todas las instrucciones están en castellano, aunque en la farmacia me atienden en catalán. Y bla bla bla.

Cualquier persona con un espíritu mínimamente científico puede hacer el experimento: sólo hace falta comprarse una libretita e ir anotando en que lengua habla la gente con la que se cruza a diario, anotar cuantas personas se le dirigen en catalán y cuántas lo hacen en castellano, cuántas cambian de una lengua a otra cuando uno no lo hace, anotar con cuantos escritos se enfrenta a diario en catalán y en castellano, cuantas películas ve en catalán y cuántas en castellano, a cuantos videojuegos en catalán y en castellano juegan sus hijos, etc, etc. Hagan el experimento, por favor.

Y entonces explíquenme dónde está el problema en que los niños y las niñas estudien sus materias en catalán y en que, como buenos españoles, aprendan dos de las lenguas más habladas en España, a un nivel de competencia igual al que tienen los niños y las niñas en los territorios monolingües de España. Explíquenme dónde está el problema si en el ámbito escolar la lengua más utilizada es el catalán (que no la única, ya que muchos profesores vehículan las clases en castellano; y en algunos institutos incluso son mayoría los que así lo hacen).

Y entonces, cuando todo este bla bla bla se agote, nos podremos centrar en lo que no funciona de verdad: por qué los presupuestos de educación son tan raquíticos, por qué los profesores están tan poco preparados, por qué el sistema educativo no premia y promociona al personal más eficiente, por qué los alumnos no tienen una buena competencia lectora y escrita ni en catalán ni en castellano, por qué nadie aprende inglés a pesar de estudiarlo año tras año; y tantas, tantas cosas que deberían funcionar para poder construir un país con ciudadanos bien educados.

9.12.2011

Nomenaments vergonyosos

Avui, per enèssima vegada des que estic a les llistes d'ensenyament, educació o com es digui el ditxós departament que només sap canviar de nom; avui, deia, també hi ha hagut nomenaments. I altra vegada m'han passat al davant. Al departament, després de fer la cua de rigor i d'enfrontar-se a les mirades de tots els funcionaris que guaiten de reüll la cara de desconcert que fem els que entrem en aquella sala i no sabem a qui ens hem de dirigir, no m'han tornat a dir que la culpa és del programa informàtic que adjudica les places i prou. Avui, he anat a buscar directament la persona que fa els nomenaments de secundària i m'han dit que resulta que la plaça que hi havia vacant era de l'aula d'acollida i que jo no tenia marcada la casella de l'aula d'acollida. Ves per on. Jo, que he treballat en més de 20 instituts en 6 anys, que he fet classes a tots els nivells de secundària. Jo, que he estat a les aules d'acollida més selectes del país, que he fet classes de català, de castellà, de teatre, de socials, d'educació ètico-cívica, de ciutadania. Jo, que he tingut els horaris més inversemblants (el curs passat feia mitja jornada de dia i mitja de nit, entrava a les 8 del matí i sortia a les 10 de la nit tres dies a la setmana). Jo, que m'he presentat i he aprovat amb notable totes les oposicions a les que m'he presentat. Jo, que he fet tot el que se m'ha manat, que he anat on ha convingut durant 6 anys, ara resulta que no tinc activada la caselleta de l'aula d'acollida i em perdo treballar a Reus durant tot el curs i algú amb 7000 números d'ordre més que jo: PREMI!

I fa una setmana, el premi va tocar a un altre perquè ell preferia el tarragonès i jo el baix camp, i resulta que la plaça era al tarragonès i van tenir el detall de donar-li la plaça a l'altre, tot i que jo estic disposat a anar on calgui i estic situat uns quants milers de números més amunt. I resulta que la funcionària inútil de torn que cobra per atendre els qui volem adreçar-nos a la Delegada Territorial, no vol concedir-me el beneplàcit de tenir una entrevista amb la Delegada Territorial perquè no em dóna la gana de dir-li de què vull parlar amb la delegada; i a sobre amb la prepotència de qui sap que ningú no la podrà fotre fora del curro ni amb aigua calenta, s'apunta el meu nom complet, el meu telèfon i el meu dni però es nega a donar-me el seu nom complet perquè jo no pugui fer una reclamació i deixar constància de la seva ineficiència laboral.

I tot això, perquè tinc la sort de poder agafar el cotxe de Cambrils i plantar-me a Tarragona tants matins com calgui i fer la cua que calgui i deixar-me trepitjar tan com calgui, perquè si no, encara espero que algú em contesti els correus a l'adreça de consultes que diuen que hi ha disponible, o que algú es digni a atendre'm per telèfon.

Una vergonya. A això, a aquest tracte abusiu, a aquest despropòsit, se l'anomena assetjament laboral. I és especialment greu quan un pot demostrar la seva competència laboral. Només cal preguntar als equips directius dels centres on he estat destinat. És per això que he decidit denunciar el departament per assetjament i fer-ho també davant del Síndic de Greuges de Catalunya (identificador de la denúncia: 25168). L'educació, l'ensenyament o com li volgueu dir, d'aquest país es mereix uns bons professionals, competents, entregats a la seva feina, i no un ramat de bens que fan anar amunt i avall en funció del vent que un funcionari en cap decideix que ha de bufar o deixar de fer-ho.

9.10.2011

El mejor de los mundos (publicat al Diari de Tarragona dv, 2-9-11)


Vivo, vivimos, en el mejor de los mundos posibles. Lo descubrí de repente, como una iluminación, en la primavera de 1996 —precisamente el año internacional para la erradicación de la pobreza—, poco después de tomar tierra en Londres y vagar sin rumbo durante un par de días en una naufragio planificado. Arribé mucho más allá de la zona 5, en la periferia: unos inmensos campos de entreno de rugbi que a finales de primavera se convertían en un campo de refugiados: treinta y seis literas, setenta y dos personas en seis o siete tiendas de campaña gigantes a un precio simbólico que nadie te obligaba a pagar.

La gente entraba y salía, bebía y comía a todas horas. Me senté a esperar y observé como salían punkies italianos, con las crestas impecables, de esos black cabs (los taxis característicos de Londres, y los más caros de la ciudad), que los acercaban a las puertas del camping benéfico; observé también como dos estudiantes de biología flamencos, becados por su universidad y su municipio para contemplar el espectáculo botánico del florecimiento de una flor maloliente que sólo duraba 24 horas, se emborrachaban de whisky y acababan comprando las fotos del acontecimiento a un periodista local para poder justificar el viaje y el dinero invertido en su aventura.

Allí conocí a Thomas. Un pelirrojo de más de 100 quilos que había huido de su país, Suiza, cansado de no conseguir que lo dejaran vivir en la calle, sin domicilio fijo y sin recibir ninguna ayuda oficial o de su familia. Él sólo quería vagar por las calles, dormir en el suelo público y alimentarse de las circunstancias cambiantes de cada día. Y por qué dormía en un camping del extrarradio londinense si lo que quería era vagar por las calles sin domicilio fijo? Pues porque en primavera el camping se llenaba de jóvenes de todo el mundo con ganas de conocer a un pelirrojo suizo de más de 100 quilos harto de no poder vivir sin domicilio fijo. “Se puede renunciar a todo menos a estas francesas vegetarianas”, me confesó Thomas, señalando con la cabeza a un grupo de seis o siete chicas que bebían cerveza y reían en una mesa cercana.

Y es que nosotros, europeos con pasaporte europeo, nos quejamos incluso de vivir en el mejor de los mundos posibles. Un mundo dónde entre todos hemos acordado no dejarnos vagar por las calles, no dejarnos morir de inanición, curarnos y educarnos (incluso cuando no queramos ser curados o educados). Nos quejamos de viajar siempre con billete de vuelta, de ver la miseria a través de una cámara de vídeo. Y a veces sentimos la tentación de abandonarnos a la cruel naturaleza, de volver a ser esa cebra asustada que pace en la sabana, temerosa de cualquier ruido entre la vegetación próxima. Pero cuando el león se acerca siempre tenemos la certeza de que alguien saldrá de entre la maleza y le disparará una bala entre ceja y ceja.

Quizá ahora, en plena crisis económica, sea un buen momento para alegrarnos de vivir en el mejor de los mundos posibles y hacer un balance honesto. Y empezar a tener claro qué es lo irrenunciable y a qué deberemos renunciar para vivir de verdad en el mejor de los mundos posibles y no en el mejor de los continentes posibles.

Jordi Barberà Argilaga

9.02.2011

Más recortes (publicat al Diari de Tarragona, divendres 19 d'agost)


Un decenio, doce, quince años: y una nueva crisis. Esta vez financiera. Esta vez parece que por culpa de la especulación de los mercados financieros, que se dedicaron a empaquetar deuda: manzanas podridas bajo un celofán estrellado (el truco más viejo del mundo, el truco más viejo de la publicidad, el truco más viejo de los estafadores). Pero los viejos trucos siempre funcionan —la única premisa es no abusar de ellos, de ahí el carácter cíclico de la economía—; se trata de jugar con los instintos más bajos del ser humano: con su codicia, su vanidad, sus inseguridades: yo te dejo dinero y tu te lo gastas; cuando se te acabe yo te dejaré más; y cuando ya no te acuerdes de lo que cuesta ganarlo, cierro el grifo, me quedo con todo lo que has comprado con mi dinero y me sigues debiendo todo el dinero que te dejé. Y si por el camino algo no me sale como esperaba, o no me sale a cuenta el negocio, rompo la baraja y a tomar viento. Así de simple. Así de fácil.

Y al tiempo que todos jugábamos al Monopoly, la administración se hinchaba con las plusvalías de tanta prosperidad: se construían polideportivos parecidos en pueblecitos cercanos, piscinas y gimnasios municipales, jacuzzis para el bienestar de sus 150 habitantes, teatros para poder ver las mismas obras que ya se programaban a quince kilómetros sin necesidad de salir del pueblo, facultades con centenares de catedráticos y profesores para decenas de alumnos (la universidad da para unos cuantos artículos); ayuntamientos de menos de 250 habitantes con alcaldes a sueldo, miles de concejales, consejeros comarcales, presidentes de consejo, diputados y presidentes de diputación —ya me disculparán que no abuse de las mayúsculas—, delegados territoriales de la Generalitat, diputados y consejeros autonómicos, presidentes de gobierno, de parlamentos y de senados, delegaciones del gobierno central, diputados y senadores del Gobierno de España, parlamentarios europeos —todos con sus sueldazos, sus cohortes, sus carros, sus soldados, sus dietas, sus reuniones, sus desplazamientos, sus teléfonos, ordenadores, twitters, facebooks, secretarios, gabinetes de comunicación, sus vergonzosas pensiones—; cargos de confianza (algunos sin formación ni experiencia en sus cargos), funcionarios y profesores y maestros —escogidos con criterios del siglo XIX, ante tribunales arbitrarios, sin derecho a recibir una explicación sobre el aprobado o el suspenso.

Y policías, sí. Eso sí. Muchos policías y muchas cárceles. Para garantizar nuestra seguridad, la de nuestros políticos, la de nuestro sistema financiero —entretanto, el Paseo de Gracia se llena de señores Núñez y Millet y Prenafeta y Muñoz, paseando su impunidad. Policías que aplaquen el golpe, la caída; hasta que dentro de un par de años o un lustro todo vuelva a su sitio y volvamos a sonreír y empecemos de nuevo a amasar el sueño de ser todos ricos y propietarios, sin distinción de clase social ni de raza ni de nada. Y un decenio más tarde, otra vez la soga en el cuello. Las escuelas de negocios (esas que encumbran a nuestro país a las más altas esferas de la inteligencia económica) ya habrán inventado o justificado una nueva manera de estafarnos a todos y, cuando todo vuelva a estallar, los periódicos volverán a llenarse durante años con los pormenores de la estafa. Y saldrán por la tele los mismísimos estafadores explicando, como si la cosa no fuera con ellos, como las moscas acudían al panal de rica miel y como morían asfixiadas por la gula y la lujuria de ese festín programado y pensado por ellos mismos. Y se divertirán de nuevo con sus hipótesis y predicciones. Como si contemplaran un espectáculo pirotécnico.

Quizá sí que podríamos empezar a recortar. Podríamos empezar por cerrar las escuelas de negocios que servían para adoctrinar a los especuladores y empaquetadores de manzanas putrefactas. O por aglutinar ayuntamientos hasta gestionar un número de habitantes suficientes para disponer de unos determinados servicios regulados por ley; y, en consecuencia, acabar con las administraciones supramunicipales y demás reinos de taifas. O por vaciar los ministerios que tienen traspasadas las competencias a las autonomías, o los que las tienen traspasadas, de facto, al gobierno europeo. O por agrupar a todas las universidades públicas catalanas bajo una misma marca; racionalizando y descentralizando, claro. O por clausurar las líneas de AVE llenas de polvo y los aeropuertos fantasma; y encerrar, de paso, a los que los mandaron construir.

Podríamos empezar por muchos sitios, pero sólo a ellos se les ocurriría empezar por nuestra educación, por nuestra cultura y por nuestra salud.

8.06.2011

Se vende hielo frío (publicat al Diari de Tarragona, 05-08-11)



A estas alturas de desarrollo de la sociedad capitalista, sobra explicar otra vez la importancia de la publicidad para dar a conocer un producto y, especialmente, para construir una marca, un concepto que acabe traduciéndose en un deseo, en una necesidad imperiosa, en un acto de consumo.

También está de más constatar el coste millonario (en euros!) de buena parte de los proyectos públicos y privados: la construcción de una piscina o un polideportivo, de autopistas, puentes y aeropuertos (a veces sin aviones), trenes de alta velocidad (a veces sin pasajeros con prisa), calles y urbanizaciones, ciudades enteras y un largo, larguísimo etcétera.

Lo que sí es preciso evidenciar es como, una vez invertidos esos miles de euros en campañas publicitarias, webs, anuncios en prensa, dípticos, trípticos, flyers, tarjetas y tarjetones, paseos, calles y ciudades, autopistas, aeropuertos, trenes y catenarias, parques y jardines, pistas de esquí y complejos industriales, a muchos se les olvida tener el detalle de contratar a un mísero filólogo, o incluso a un aprendiz de ello, para no cometer faltas de ortografía, para no construir frases incorrectas o, peor aún, incomprensibles o, peor aún, confusas.

Porque una cosa es que una persona con más o menos formación académica e inquietud cultural, empujada por las circunstancias, decida emprender una nueva empresa y, ante la desolación, se dedique a redactar carteles, muchas veces manuscritos, capaces de sacarnos una sonrisa, como el que encabeza este artículo y que alegraba los cristales grasientos de una gasolinera: “Se vende hielo frío”; o uno que colgaba de una farola: “Se pintan casas a domicilio”; o lo que escribió el propietario de un bar en su pizarra exterior: “Te tomas un vino, te invitamos a otro, y sólo pagas dos”. Esta última ya no parece tan ingenua. Una cosa es esto y otra muy distinta es reírse de la gente: hay que gastarse cuatro perras en hacer las cosas bien, aunque sólo sea por vergüenza, por respeto a los demás, por no echar por la borda todo el trabajo bien hecho.

De esta manera nos hubiésemos ahorrado ver anuncios de unos conocidos grandes almacenes, a página entera e insertados en la prensa española durante más de una temporada, con el pronombre “ti” acentuado. O los dípticos de una conocida red de venta de material informático que nos ofrecen la posibilidad de pedir un “presupost” (así, en catalán y con una sola ese); eso sí, sin ningún compromiso. O la vergüenza ajena de recibir la factura por la compra de un vehículo (de casi cincuenta mil euros) con más de diez faltas de ortografía. O nos ahorraríamos, todavía hoy, el desengaño de pasear por un bonito paseo marítimo (pongamos el de Cambrils), con costosas playas esculpidas con el esfuerzo de los dineros de sus ciudadanos (y con el que se dejan sus visitantes), rodeadas de unos austeros pero magníficos jardines de vegetación baja típicamente mediterránea, que lucen unos carteles bilingües (castellano/catalán) con una falta de ortografía que se extiende a lo largo de los seis o siete kilómetros de su parte sur: “no trepitjeu”, así, con jota, con total impunidad, durante más de un año. Inmutable.

Y ante la crisis, en lugar de ahorrar en traer la arena del fondo del mar, o en colocar una a una piedras gigantes que ayuden a conservar cada metro de playa, o en lugar de prescindir de la madera tropical que bordea el paseo, o de la plantación de un jardín, nos dirán que tenemos que ahorrar los 50 euros que cuesta corregir una frase en cualquiera de nuestras dos lenguas oficiales.

7.30.2011

cantata


Imaginem ara que tu i jo som
tot allò que tu i jo desitjaríem
imaginar que som en un nou món
sense desitjos. Tu i jo sols, sense res,
agafats de la mà a contrallum,
en un pòster penjat a la paret
de la nostra habitació de quan
teníem sis anys i no desitjàvem
imaginar res perquè ho érem tot.

7.28.2011

Lost in translation (Diari de Tarragona, 25-07-11)


La globalidad de la red y su capacidad de acercar individuos de todos los continentes, de aglutinar grupos con intereses convergentes y de convertir la creatividad y el negocio en un mercado transfronterizo, todavía choca con la capacidad del ser humano de hablar distintas lenguas y con su incapacidad de hablarlas todas. De ahí que las aplicaciones informáticas dedicadas a facilitar la traducción de textos o el reconocimiento de voz y la posterior traducción del audio de los vídeos, sean aplicaciones con una gran proyección de futuro.

Ya hemos empezado a saborear la arcadia prebabélica con el servicio de traducción automática de páginas web que ofrece Google desde su buscador, o con su traductor de texto entre más de 50 lenguas: del inglés al japonés, del japonés al yiddish, del yiddish al catalán y de ahí al español; con la posibilidad de escuchar el texto traducido con una entonación bastante notable, en la mayoría de los casos.

Pero una lengua es algo más que una equivalencia léxica o una correspondencia sintáctica: la lengua es creativa, dúctil, simbólica, metafórica, contextual y, de momento, las máquinas todavía son incapaces de captar su versatilidad, su sutileza y sus matices. Y precisamente por ello, podemos disfrutar de su imperfección y dedicarnos a contemplarla: por ejemplo, traduciendo un verso de T.S. Eliot, el que inaugura el segundo de sus Cuatro cuartetos, East Coker, y que, en la versión original, reza así: “In my beginning is my end” —que en la magnífica traducción de nuestro paisano Esteban Pujals se traduce como “En mi principio está mi fin”. Pues bien, después de traducir la versión inglesa al japonés (con la aparición de la encantadora magia de los kanjis, combinados con el alfabeto hiragana), del japonés al yiddish (aquí con la magia añadida del alfabeto hebreo), del yiddish al catalán y de la versión catalana a la española, Google nos ofrece una versión de resonancia profunda y apocalíptica, que da gusto escuchar filtrada por la voz automática de la aplicación del buscador: “El comienzo de mi final de mi”. No es una buena traducción pero tiene el encanto de la imperfección. Si nuestro nacimiento ya presupone nuestra muerte, estaremos de acuerdo con Google que cualquier instante es el pistoletazo de salida del fin de nosotros mismos.

Mi amiga Caterina Balcells —lingüista y filóloga y algo parecido a una activista cultural militante— me advierte que algún poeta novísimo se dedica a recitar versos de Neruda retraducidos al español después de un largo viaje a través de otras lenguas y que el resultado del experimento es francamente esperanzador; no para el mundo de la traducción,claro, pero sí para el mundo de la poesía.

Limitándonos a temas y aplicaciones más prosaicos, tenemos la posibilidad de visionar un número cada vez mayor de vídeos colgados en Youtube con su correspondiente reconocimiento de voz y traducción. A pesar de sus imperfecciones, si conocemos mínimamente la lengua original, los subtítulos nos acompañan y nos ayudan a entender con mayor rapidez; aunque, eso sí, deberemos ser capaces de prever los errores. Si nos atrevemos a intentarlo, podremos gozar con los canales educativos de Youtube y asistir a clases de Estructura e interpretación en el Massachusetts Institute of Technology; escuchar el emotivo discurso pronunciado por Steve Jobs (fundador de Apple), el año 2005, en la Universidad de Stanford, después de conseguir sobrevivir a su familia, a su empresa y a un cáncer de páncreas; o un curso entero sobre la muerte impartido por el filósofo de la Universidad de Yale, Shelly Kagan.

7.17.2011

Una comunicación digna ( Diari de Tarragona, 08-07-2011)

Uno de los puntos fuertes del movimiento 15M, también conocido como movimiento de los indignados, ha sido su capacidad de comunicación. Su protesta se extendió horizontalmente a través de las redes sociales (especialmente Twitter) i consiguió movilizar a miles de ciudadanos sin ningún otro objetivo final que la protesta ante un sistema político y económico que, desde hace unos años (los años en que la economía de España estuvo a punto de salirse del gráfico), no hizo nada más que utilizar a los ciudadanos como las piezas clave para seguir creciendo económicamente y para seguir viviendo políticamente.

Pero el movimiento también ha tenido la capacidad de mantener durante muchísimos días (que en los tiempos que corren es mucho tiempo) todos los focos mediáticos nacionales, y una parte de los internacionales, pendientes de ellos, de sus reivindicaciones, de sus pasos adelante y de sus retrocesos. El movimiento ha sido capaz de emocionar e ilusionar, de juntar a los jóvenes rebeldes, a los asalariados que creían que el sistema les permitiría hacerse ricos sin mucho esfuerzo, a los profesionales liberales que nunca se han tomado muy en serio la prosperidad que les vendían y a los jubilados hartos de ver finales de ciclo. Todos bajo un mismo techo: el movimiento 15M (de claras reminiscencias revolucionarias), unidos por una etiqueta: los indignados (de clara evocación ciudadana y sin ninguna reminiscencia revolucionaria), organizados en comisiones donde aportar lo mejor de cada uno, todos líderes y todos pueblo.  Entre los que formaban parte de las comisiones de comunicación había periodistas que sabían como incidir en los medios, como explicarse; diseñadores gràficos expertos en decir con una imagen, con un logotipo de la Plaza Catalunya, con unos lemas imaginativos, simbólicos, irónicos, con el toque justo de contundencia, sin agresividad.

Sin duda, para que un movimiento así tenga éxito es necesario un caldo de cultivo generado en organizaciones sociales y políticas de base durante mucho tiempo, en la situación de retroceso económico, en la falta de expectativas que evidencian las cifras de paro y las proyecciones de futuro de los economistas (los mismos que antes de la crisis tampoco acertaban en sus proyecciones), pero también en la coherencia de determinados mensajes, en la corrección de las formas (con alguna salida de tono), en las ganas que duermen dentro de todos nosotros de dar un golpe en la mesa y advertir a los que mueven los hilos que sabemos que somos marionetas en sus manos pero que, si cortamos los hilos, se pueden quedar sin sus juguetes favoritos y de paso arriesgar las yemas de sus dedos. Y el resto de la magia lo puso la forma de protesta: vivir bajo la lona de una tienda de campaña, en el mismísimo centro de la polis, sin fecha de caducidad, trabajando y viviendo gratis.

Parece claro que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, sin ser una panacea ni una solución, sí son un instrumento importantísimo para influir en los medios de comunicación y para organizar a los ciudadanos cuando necesitan dar ese manotazo en la mesa del jefe y pedir un aumento de dignidad. Y es que Internet trasciende los cables, las pantallas y los teclados, Internet nos recuerda que la tecnología y el conocimiento ya son democráticos, que todos estamos interconectados no a través del móvil, sino de la inteligencia; y que los políticos no pueden vivir al margen, celosos de su poder basado en el vacío. Los ciudadanos no necesitan a los políticos, sino los políticos a los ciudadanos. Los políticos no deben servirse de los ciudadanos sino los ciudadanos de los políticos.

7.04.2011

Des de l'interior de Déu


Des de l'interior de Déu, dels mobles, de la mateixa
fusta; dins, en la fondària, el doblec, l'escletxa
de llum, l'almívar dels temps, el naufragi de les hores.

Des del centre mateix de Déu: la tarda,
la caiguda del somni. El silenci atia la bullentor
de la pedra: el seu pes i quietud, la potència
d'esquerdar-se en la caiguda lliure cap al lloc
que ocuparà el teu cos al cementeri.

Arribar i adonar-se de l'abandó, saltar
entre les desfetes dels naufragis precedents,
prendre el sol sobre una gandula
i somiar amb tornar a ser el mort.

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Desde el interior de Dios, de los muebles,
de la mismísima madera; dentro, en la hondura,
el pliegue, la grieta de luz: el almíbar de los tiempos,
el pecio de las horas. Desde el mismo centro de Dios:
la tarde, la caída del sueño. El silencio azuza el hervor
de la piedra: su peso y quietud, la potencia de romperse
en la caída libre hacia el lugar que ocupará tu cuerpo
en el camposanto. Arribar y percatarse del abandono,
saltar entre los desechos de los naugragios precedentes,
tomar el sol sobre una tumbona y soñar con volver a ser el muerto.